Aquellos que habitualmente acostumbran leer mi columna, habrán leído en ella historias que tienen que ver con el café. Con un café en concreto, al que acudo todas(o casi todas) las mañanas, desde hace algunos años. Me acostumbré a aquel lugar porque se encontraba cerca de mi anterior trabajo y, a pesar de que se encuentra alejada de mi oficina actúan y en la misma esquina de ésta hay otras dos cafeterías, sigo yendo a la misma de siempre, quizá porque allí, durante los veinte minutos que dura mi desayuno, puedo estar tranquilo si quiero, puedo charlar con los demás parroquianos-ya que siempre son los mismos- si me apetece, y además me tratan como si estuviera en casa, recuerdo cuando le dije a Guillermo, el dueño, que cambiaría de trabajo, me dijo con cara de pena, que entonces me olvidaría de ellos, y yo le prometí que no sería así, seguiría asistiendo allí como cada día. Han pasado casi diez años y, aunque he reducido mi ingesta de café, sigo fiel a mi palabra y cada mañana, durante unos minutos, allí me acogen, a mi libro de turno y a mí.
La cafetería no tiene nada de particular, Es de esas que no tienen mesas, sólo una barra larga y en forma de “u” dentro de la cual Memo se desenvuelve cual capitán de un barco, rápido, enérgico, pero siempre con una palabra de aliento o un chascarrillo para sus incondicionales.
Fue en ese lugar, hace un año, donde la conocí. Era una tarde lluviosa pero al fondo de la cafetería resaltaba una mujer cuya belleza era únicamente comparable a la de los mismos ángeles, de una manera casi instantánea, sus encantos se apoderaron de mí, y al igual que el café en los tiempos de mi abuelo, ella también estaba prohibida.
Quizá el compartir el gusto por el café, hizo que despertara iluminada aquella mañana por ese diáfano vestido. En ese momento, todo era una caricia, el aroma, la luz, la música. Recuerdo que para ella el café era una referencia importante, como generalmente son las fechas para otras personas o los últimos dos dígitos del año.
Cuando niño, solía preparar durante todas las tardes una taza de café para mi abuelo, quien se hacía cargo de cuidarme mientras mis padres trabajaban.
A pesar de que no tenía permitido tomarlo, recuerdo aquellas tacitas llenas de café que, con la cautela de un equilibrista en su camino sobre la cuerda floja, le llevaba a mi abuelo, no sin antes dar uno o dos sorbos. El sabor de aquel oscuro universo líquido era el sabor de lo prohibido.
Era una chica guapísima, muy joven. Desayunaba un expreso doble y lo solía acompañar con una rebanada de pan finamente untada por mermelada de fresa, Un schnauzer, con la correa presa en una de las patas de su banco, iba dando vueltas alrededor enredándose a sí mismo, ella lo levantó del suelo y lo colocó a su lado, el animal mostraba demasiado interés por permanecer cerca de la chica, mientras que ésta se empeñaba en que el perro permaneciera sentado en un rincón evitando así la molestia de los demás clientes. Molestia de paso, más bien, el animal persiguiendo su cola, ocupaba todo el pasillo y no hacía otra cosa que arrimarse a ella e intentar llamar su atención. Y ella, a cada bocado, decía al schnauzer que se sentara. Y le hacía caso, pero tardaba menos en levantarse que la chica en sentarse de nuevo. El animal quería obedecer, pero de no podía, cada vez que la joven le mandaba volver a su sitio, moviendo la mano para enfatizar la orden, lo hacía con la que todavía sujetaba la tostada y el hambriento animal se relamía sólo de pensar que aquel trozo de pan con aquella delicia untada podía terminar en su boca.
Cansada de no poder desayunar a gusto, pidió la cuenta y cuando se disponía a salir no tuvo más remedio que pasar a mi lado evadiendo al schnauzer…y, a unos pasos de atravesar la puerta recuerdo haberle dicho:
-Se va a mojar… ¿Tiene mucha prisa?
Retrocedió entonces un instante y me miró, las palabras amontonadas en sus labios se negaban a salir mientras yo la miraba con una dulzura añorada y casi olvidada, volví a hablar:
-¿Le puedo invitar a un café?
Ella escuchó mis palabras como si una persona distante las pronunciase y contestó en un susurro:
-No gracias, tengo mucha prisa, adiós.
…Sonrió con la seguridad de que no volvería a verle y atravesó la puerta de cristal como quien sale de un sueño…llovía bastante pero prefirió empaparse a compartir un café conmigo.
Caminó unos cuantos pasos cuando de pronto sintió sobre su cabeza un paraguas…no pude evitarlo y salí a buscarle, con una sonrisa dibujada en mi rostro, me ofrecí a acompañarla, recuerdo haber percibido su respiración un tanto agitada, se sentía acorralada.
…Y ante la insistencia de ella en que no hacía falta, me retiré, caminaba despacio mientras ella permanecía parada a mitad de la calle llorando en silencio…
Después de contemplarla unos instantes a través del inmenso ventanal del café, observé que su pensamiento se hizo claro, en su mente se dibujó el título de un comienzo, que hasta ahora no había alcanzado a entender y aunque la única expresión audible de esto fue un suspiro, en lo más profundo de sí despertaba una frase, que palpitaría durante mucho tiempo:
Aquel café…aquella tarde…le recordaron una gran verdad: Solo ella podía permitirse de nuevo amar y pensó que debía volver a aquel Café…algún día.